Abril 23 de 2026
LA BIBLIA EN UN AÑO CBI | DÍA 92
2 SAMUEL 19 -21
Joab reprende al rey
19 Pronto
le llegó a Joab la noticia de que el rey estaba llorando y haciendo duelo por
Absalón. 2 A medida que el pueblo se enteraba del
profundo dolor del rey por su hijo, la alegría por la victoria se tornaba en
profunda tristeza. 3 Ese día todos regresaron
sigilosamente a la ciudad, como si estuvieran avergonzados y hubieran desertado
de la batalla. 4 El rey se cubrió el rostro con las
manos y seguía llorando: «¡Oh, Absalón, hijo mío! ¡Oh, Absalón, hijo mío, hijo
mío!».
5 Entonces
Joab fue a la habitación del rey y le dijo: «Hoy salvamos su vida y la de sus
hijos e hijas, sus esposas y concubinas. Sin embargo, al actuar de esa forma
hace que nos sintamos avergonzados de nosotros mismos. 6 Parece
que usted ama a los que lo odian y odia a los que lo aman. Hoy nos ha dejado
muy en claro que sus comandantes y sus tropas no significan nada para usted.
Pareciera que si Absalón hubiera vivido y todos nosotros estuviéramos muertos,
estaría contento. 7 Ahora salga y felicite a sus
tropas, porque si no lo hace, le juro por el Señor que ni uno solo de
ellos permanecerá aquí esta noche. Entonces quedará peor que antes».
8 Así
que el rey salió y tomó su lugar a las puertas de la ciudad y, a medida que se
corría la voz por la ciudad de que él estaba allí, todos iban a él.
Mientras tanto, los israelitas que habían apoyado
a Absalón huyeron a sus casas. 9 Y por todas las
tribus de Israel había mucha discusión y disputa. La gente decía: «El rey nos
rescató de nuestros enemigos y nos salvó de los filisteos, pero Absalón lo echó
del país. 10 Ahora Absalón, a quien ungimos para
que nos gobernara, está muerto. ¿Por qué no pedirle a David que regrese y sea
nuestro rey otra vez?».
11 Entonces
el rey David envió a los sacerdotes Sadoc y Abiatar para que les dijeran a los
ancianos de Judá: «¿Por qué son ustedes los últimos en dar la bienvenida al rey
en su regreso al palacio? Pues he oído que todo Israel está listo. 12 ¡Ustedes
son mis parientes, mi propia tribu, mi misma sangre! ¿Por qué son los últimos
en dar la bienvenida al rey?». 13 Además, David les
pidió que le dijeran a Amasa: «Como eres de mi misma sangre, al igual que Joab,
que Dios me castigue y aun me mate si no te nombro comandante de mi ejército en
su lugar».
14 Así
que Amasa convenció a todos los hombres de Judá, y ellos respondieron
unánimemente. Y le mandaron a decir al rey: «Regrese a nosotros, y traiga de
vuelta a todos los que lo acompañan».
David regresa a Jerusalén
15 Así
que el rey emprendió su regreso a Jerusalén. Cuando llegó al río Jordán, la
gente de Judá fue hasta Gilgal para encontrarse con él y escoltarlo hasta el
otro lado del río. 16 Simei, hijo de Gera, el
hombre de Bahurim de Benjamín, se apresuró a cruzar junto con los hombres de
Judá para darle la bienvenida al rey David. 17 Otros
mil hombres de la tribu de Benjamín estaban con él, entre ellos Siba, el
sirviente principal de la casa de Saúl, los quince hijos de Siba y sus veinte
sirvientes. Bajaron corriendo hasta llegar al Jordán para recibir al rey. 18 Cruzaron
los vados del Jordán para llevar a todos los de la casa del rey al otro lado
del río, ayudándolo en todo lo que pudieron.
Misericordia de David con Simei
Cuando el rey estaba a punto de cruzar el río,
Simei cayó de rodillas ante él.
19 —Mi
señor el rey, por favor, perdóneme—le rogó—. Olvide la terrible cosa que su
siervo hizo cuando usted dejó Jerusalén. Que el rey lo borre de su mente. 20 Estoy
consciente de cuánto he pecado. Es por eso que he venido aquí este día, siendo
el primero en todo Israel en recibir a mi señor el rey.
21 Entonces
Abisai hijo de Sarvia dijo:
—¡Simei debe morir, porque maldijo al rey ungido
por el Señor!
22 —¿Quién
les pidió su opinión a ustedes, hijos de Sarvia?—exclamó David—. ¿Por qué hoy
se han convertido en mis adversarios? ¡Este no es un día de ejecución, pues hoy
he vuelto a ser el rey de Israel!
23 Entonces,
volviéndose a Simei, David juró:
—Se te perdonará la vida.
Bondad de David hacia Mefiboset
24 Ahora
bien, Mefiboset, el nieto de Saúl, descendió de Jerusalén para encontrarse
con el rey. No había cuidado sus pies, cortado su barba ni lavado su ropa desde
el día en que el rey dejó Jerusalén.
25 —¿Por
qué no viniste conmigo, Mefiboset?—le preguntó el rey.
26 Mefiboset
contestó:
—Mi señor el rey, mi siervo Siba me engañó. Le
dije: “Ensilla mi burro para que pueda ir con el rey”. Pues como usted
sabe, soy lisiado. 27 Siba me calumnió cuando dijo
que me negué a venir. Pero sé que mi señor el rey es como un ángel de Dios, así
que haga como mejor le parezca. 28 Todos mis
parientes y yo solo podíamos esperar la muerte de su parte, mi señor, ¡pero en
cambio me honró al permitirme comer a su propia mesa! ¿Qué más puedo pedir?
29 —Ya
dijiste suficiente—respondió David—. He decidido que tú y Siba se dividan tu
tierra en partes iguales.
30 —Désela
toda a él—dijo Mefiboset—. ¡Estoy satisfecho con que haya vuelto a salvo, mi
señor el rey!
Bondad de David con Barzilai
31 Barzilai
de Galaad había descendido de Rogelim para escoltar al rey a cruzar el
Jordán. 32 Era muy anciano—tenía ochenta años de
edad—y muy rico. Él fue quien proveyó el alimento para el rey durante el tiempo
que pasó en Mahanaim.
33 —Cruza
el río conmigo y quédate a vivir en Jerusalén—le dijo el rey a Barzilai—. Y
allí me haré cargo de ti.
34 —No—le
respondió—, soy demasiado viejo para ir con el rey a Jerusalén. 35 Ahora
tengo ochenta años de edad, y ya no puedo disfrutar de nada. La comida y el
vino ya no tienen sabor, tampoco puedo oír las voces de los cantantes. Sería
nada más una carga para mi señor el rey. 36 ¡Tan
solo cruzar el río Jordán con el rey es todo el honor que necesito! 37 Después
déjeme regresar para que muera en mi ciudad, donde están enterrados mi padre y
mi madre. Pero aquí está su siervo, mi hijo Quimam; permítale que él vaya con
mi señor el rey y que reciba lo que usted quiera darle.
38 —Muy
bien—acordó el rey—. Quimam irá conmigo, y lo ayudaré en cualquier forma que tú
quieras; haré por ti cualquier cosa que desees.
39 Luego
toda la gente cruzó el Jordán junto con el rey. Después que David lo hubo
bendecido y besado, Barzilai regresó a su propia casa. 40 El
rey cruzó el Jordán hacia Gilgal, y llevó a Quimam con él. Todas las tropas de
Judá y la mitad de las de Israel escoltaron al rey en su camino.
Discusión sobre el rey
41 Pero
todos los hombres de Israel se quejaron con el rey:
—Los hombres de Judá se adueñaron del rey y no
nos dieron el honor de ayudarlo a usted ni a los de su casa ni a sus hombres a
cruzar el Jordán.
42 Los
hombres de Judá respondieron:
—El rey es un pariente cercano. ¿Por qué tienen
que enojarse por eso? ¡No hemos tocado la comida del rey ni hemos recibido
algún favor especial!
43 —Pero
hay diez tribus en Israel—respondieron los otros—. De modo que tenemos diez
veces más derecho sobre el rey que ustedes. ¿Qué derecho tienen de tratarnos
con tanto desprecio? ¿Acaso no fuimos nosotros los primeros en hablar de
traerlo de regreso para que fuera de nuevo nuestro rey?
La discusión continuó entre unos y otros, y los
hombres de Judá hablaron con más dureza que los de Israel.
Revuelta de Seba
20 Sucedió
que había un alborotador allí de nombre Seba, hijo de Bicri, un hombre de la
tribu de Benjamín. Seba tocó un cuerno de carnero y comenzó a repetir:
«¡Abajo la dinastía de David!
No nos interesa para nada el hijo de Isaí.
Vamos, hombres de Israel,
todos a sus casas».
2 Así
que todos los hombres de Israel abandonaron a David y siguieron a Seba, hijo de
Bicri. Pero los hombres de Judá se quedaron con su rey y lo escoltaron desde el
río Jordán hasta Jerusalén.
3 Cuando
David llegó a su palacio en Jerusalén, tomó a las diez concubinas que había
dejado para que cuidaran el palacio y las puso en reclusión. Les proveyó para
sus necesidades, pero no volvió a acostarse con ninguna. De modo que cada una
de ellas vivió como una viuda hasta que murió.
4 Luego
David le dijo a Amasa: «Moviliza al ejército de Judá dentro de tres días y
enseguida preséntate aquí». 5 Así que Amasa salió a
notificar a la tribu de Judá, pero le llevó más tiempo del que le fue dado.
6 Por
eso David le dijo a Abisai: «Seba, hijo de Bicri, nos va a causar más daño que
Absalón. Rápido, toma a mis tropas y persíguelo antes de que llegue a alguna
ciudad fortificada donde no podamos alcanzarlo».
7 Entonces
Abisai y Joab, junto con la guardia personal del rey y todos sus poderosos guerreros
salieron de Jerusalén para perseguir a Seba. 8 Al
llegar a la gran roca de Gabaón, Amasa les salió al encuentro. Joab llevaba
puesta su túnica militar con una daga sujeta a su cinturón. Cuando dio un paso
al frente para saludar a Amasa, sacó la daga de su vaina.
9 «¿Cómo
estás, primo mío?», dijo Joab, y con la mano derecha lo tomó por la barba como
si fuera a besarlo. 10 Amasa no se dio cuenta de la
daga que tenía en la mano izquierda, y Joab se la clavó en el estómago, de
manera que sus entrañas se derramaron por el suelo. Joab no necesitó volver a
apuñalarlo, y Amasa pronto murió. Joab y su hermano Abisai lo dejaron tirado
allí y siguieron en busca de Seba.
11 Uno
de los jóvenes de Joab les gritó a las tropas de Amasa: «Si están a favor de
Joab y David, vengan y sigan a Joab». 12 Pero como
Amasa yacía bañado en su propia sangre en medio del camino, y el hombre de Joab
vio que todos se detenían para verlo, lo arrastró fuera del camino hasta el
campo y le echó un manto encima. 13 Con el cuerpo
de Amasa quitado de en medio, todos continuaron con Joab a capturar a Seba,
hijo de Bicri.
14 Mientras
tanto, Seba recorría todas las tribus de Israel y finalmente llegó a la ciudad
de Abel-bet-maaca. Todos los miembros de su propio clan, los bicritas, se
reunieron para la batalla y lo siguieron a la ciudad. 15 Cuando
llegaron las fuerzas de Joab, atacaron Abel-bet-maaca. Construyeron una rampa
de asalto contra las fortificaciones de la ciudad y comenzaron a derribar la
muralla. 16 Pero una mujer sabia de la ciudad llamó
a Joab y le dijo:
—Escúcheme, Joab. Venga aquí para que pueda
hablar con usted.
17 Cuando
Joab se acercó, la mujer le preguntó:
—¿Es usted Joab?
—Sí, soy yo—le respondió.
Entonces ella dijo:
—Escuche atentamente a su sierva.
—Estoy atento—le dijo.
18 Así
que ella continuó:
—Había un dicho que decía: “Si quieres resolver
una disputa, pide consejo en la ciudad de Abel”. 19 Soy
alguien que ama la paz y que es fiel en Israel, pero usted está por destruir
una ciudad importante de Israel. ¿Por qué quiere devorar lo que le
pertenece al Señor?
20 Joab
contestó:
—¡Créame, no quiero devorar ni destruir su
ciudad! 21 Ese no es mi propósito. Lo único que
quiero es capturar a un hombre llamado Seba, hijo de Bicri, de la zona
montañosa de Efraín, quien se rebeló contra el rey David. Si ustedes me
entregan a ese hombre, dejaré a la ciudad en paz.
—Muy bien—respondió la mujer—, arrojaremos su
cabeza sobre la muralla.
22 Enseguida
la mujer se dirigió a todo el pueblo con su sabio consejo, y le cortaron la
cabeza a Seba y se la arrojaron a Joab. Así que Joab tocó el cuerno de carnero,
llamó a sus tropas y se retiraron del ataque. Todos volvieron a sus casas y
Joab regresó a Jerusalén para encontrarse con el rey.
23 Ahora
bien, Joab era el comandante del ejército de Israel; Benaía, hijo de Joiada,
era el capitán de la guardia personal del rey. 24 Adoniram estaba
a cargo del trabajo forzado; Josafat, hijo de Ahilud, era el historiador
real. 25 Seva era el secretario de la corte; Sadoc
y Abiatar eran los sacerdotes, 26 e Ira, un
descendiente de Jair, era el sacerdote personal de David.
David cobra venganza por los
gabaonitas
21 Durante
el reinado de David hubo un hambre que duró tres años. Entonces David consultó
al Señor, y el Señor dijo: «El hambre se debe a que Saúl y su
familia son culpables de la muerte de los gabaonitas».
2 Entonces
el rey mandó llamar a los gabaonitas. No formaban parte de Israel, pero eran
todo lo que quedaba de la nación de los amorreos. El pueblo de Israel había
jurado no matarlos, pero Saúl, en su celo por Israel y Judá, trató de
exterminarlos. 3 David les preguntó:
—¿Qué puedo hacer por ustedes? ¿Cómo puedo
compensarlos para que ustedes vuelvan a bendecir al pueblo del Señor?
4 —Bueno,
el dinero no puede resolver este asunto entre nosotros y la familia de Saúl—le
contestaron los gabaonitas—. Tampoco podemos exigir la vida de cualquier
persona de Israel.
—¿Qué puedo hacer entonces?—preguntó David—. Solo
díganme, y lo haré por ustedes.
5 Ellos
respondieron:
—Fue Saúl quien planeó destruirnos, para impedir
que tengamos un lugar en el territorio de Israel. 6 Así
que entréguennos siete hijos de Saúl, y los ejecutaremos delante del Señor en
Gabaón en el monte del Señor.
—Muy bien—dijo el rey—lo haré.
7 Debido
al juramento que David y Jonatán habían hecho delante del Señor, el rey le
perdonó la vida a Mefiboset, el hijo de Jonatán, nieto de Saúl. 8 Sin
embargo, les entregó a los dos hijos de Saúl, Armoni y Mefiboset, cuya madre
fue Rizpa la hija de Aja. También les entregó a los cinco hijos de la hija de
Saúl, Merab, la esposa de Adriel, hijo de Barzilai de Mehola. 9 Los
hombres de Gabaón los ejecutaron en el monte delante del Señor. Los siete
murieron juntos al comienzo de la cosecha de la cebada.
10 Después
Rizpa, la hija de Aja y madre de dos de los hombres, extendió una tela áspera
sobre una roca y permaneció allí toda la temporada de la cosecha. Ella evitó
que las aves carroñeras despedazaran los cuerpos durante el día e impidió que
los animales salvajes se los comieran durante la noche. 11 Cuando
David supo lo que había hecho Rizpa, la concubina de Saúl, 12 fue
a ver a la gente de Jabes de Galaad para recuperar los huesos de Saúl y de su
hijo Jonatán. (Cuando los filisteos mataron a Saúl y a Jonatán en el monte
Gilboa, la gente de Jabes de Galaad robó sus cuerpos de la plaza pública de
Bet-sán donde los filisteos los habían colgado). 13 De
esa manera David obtuvo los huesos de Saúl y Jonatán, al igual que los huesos
de los hombres que los gabaonitas habían ejecutado.
14 Luego
el rey ordenó que enterraran los huesos en la tumba de Cis, padre de Saúl, en
la ciudad de Zela, en la tierra de Benjamín. Después Dios hizo que terminara el
hambre en la tierra.
Batallas contra los gigantes
filisteos
15 Una
vez más los filisteos estaban en guerra con Israel. Y cuando David y sus
hombres estaban en lo más reñido de la pelea, a David se le acabaron las
fuerzas y quedó exhausto. 16 Isbi-benob era un
descendiente de los gigantes; la punta de bronce de su lanza pesaba más de
tres kilos, y estaba armado con una espada nueva. Había acorralado a David
y estaba a punto de matarlo. 17 Pero Abisai, hijo
de Sarvia, llegó al rescate de David y mató al filisteo. Entonces los hombres
de David declararon: «¡No volverás a salir con nosotros a la batalla! ¿Por qué
arriesgarnos a que se apague la luz de Israel?».
18 Después
hubo otra batalla contra los filisteos en Gob. Mientras peleaban, Sibecai de
Husa mató a Saf, otro descendiente de los gigantes.
19 Durante
otra batalla en Gob, Elhanán, hijo de Jair, de Belén, mató al hermano de
Goliat de Gat. ¡El asta de su lanza era tan gruesa como un rodillo de
telar!
20 En
otra batalla contra los filisteos en Gat, se enfrentaron con un hombre enorme que
tenía seis dedos en cada mano y seis en cada pie, veinticuatro dedos en total,
que era también descendiente de los gigantes. 21 Pero
cuando desafió a los israelitas y se mofó de ellos, lo mató Jonatán, hijo de
Simea, hermano de David.
22 Estos
cuatro filisteos eran descendientes de los gigantes de Gat, pero David y sus
guerreros los mataron.
SALMOS 92
Salmo. Cántico para entonar el día de
descanso.
92 Es
bueno dar gracias al Señor,
cantar alabanzas al Altísimo.
2 Es bueno proclamar por la mañana tu amor inagotable
y por la noche tu fidelidad,
3 al son de un instrumento de diez cuerdas, un arpa
y la melodía de la lira.
4 Todo
lo que has hecho por mí, Señor, ¡me emociona!
Canto de alegría por todo lo que has hecho.
5 ¡Oh Señor, qué grandes son tus obras!
Y qué profundos son tus pensamientos.
6 Solo un simplón no sabría
y solamente un necio no entendería que
7 aunque los malvados broten como maleza
y los malhechores florezcan,
serán destruidos para siempre.
8 Tú,
oh Señor, para siempre serás exaltado.
9 Tus enemigos, Señor, sin duda perecerán;
todos los malhechores quedarán esparcidos.
10 Pero tú me has hecho fuerte como un buey salvaje;
me has ungido con el mejor aceite.
11 Mis ojos vieron la caída de mis enemigos;
mis oídos escucharon la derrota de mis perversos
oponentes.
12 Pero los justos florecerán como palmeras
y se harán fuertes como los cedros del Líbano;
13 trasplantados a la casa del Señor,
florecen en los atrios de nuestro Dios.
14 Incluso en la vejez aún producirán fruto;
seguirán verdes y llenos de vitalidad.
15 Declararán: «¡El Señor es justo!
¡Es mi roca!
¡No existe maldad en él!».
Invite en oración a la presencia de Dios y pídale que su verdad le sean reveladas.
¿Señor qué me quieres decir hoy?
Permita que el Espíritu Santo le revele
Dios podría estar hablándole de Él
Dios podrá estar hablándole a usted. Reflexione en lo siguiente:
Ahora que ha permitido que Dios le hablara, hable con Él en oración.
Ahora que ha permitido que Dios le hablara, hable con Él en oración.
Juan 14:15 “Si me amáis, guardad mis mandamientos”
Santiago 1:22 “Mas sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos á vosotros mismos”